El regreso

Hay dos formas que se tienen que llenar cuando uno regresa a México. Una de ellas sirve para dar a conocer los motivos y la duración de la estancia en el extranjero; la otra para registrar si se viaja cargando alguna mercancía que deba ser declarada, o algún producto cuya introducción al país pueda ser prohibida. En la primera de las formas, en la sección en la que se pregunta cuantos días estuvo uno en el extranjero, contesté 335. No estoy seguro si mi respuesta fue completamente correcta, pero de lo que sí estoy seguro es que nunca me había tocado poner tantos días en la mentada formita.

El viaje de regreso a casa estuvo bastante agradable, aunque ciertamente agotador. Comenzó más o menos a las seis y media de la tarde el viernes nueve de diciembre, cuando tomé mis maletas, me despedí de mis caseros y marché hacia la estación de trenes de Lewes. Me fui despacio tanto porque el tren no saldría sino hasta las ocho menos diez, como por el hecho de que hacía mucho frío y titiritaba al andar. Aún así, y como lo tenía proyectado, llegué con mucho tiempo de sobra a la estación. Mi primer impulso ya dentro de la estación fue ir a la máquina de bebidas calientes, pero al llegar a ella descubrí que no traía cambio, y el aparato no aceptaba billetes. Me senté entonces en una banca y me puse a leer el libro que mi casero me había prestado: Introducción a los animales y la teoría política de Alasdair Cochrane, quien es pariente de mis caseros. Los desgastados audífonos de mi reproductor de mp3 protegían tanto a mis orejas como a mi cabeza del frío, lo cual fue más que bienvenido a falta de gorro: el que tenía se me había perdido unas semanas antes.

Mi lectura del libro fue constantemente interrumpida ya que a cada rato sentía la urgencia de mirar la hora. Así me pasa cada vez que estoy a punto de tomar un tren, avión o autobús y trato de leer algo para distraerme, incluso si sé que aún tengo bastante tiempo. Cuando ya quedaban menos de diez minutos para que llegara el tren decidí que las ansias no me dejarían procesar nada de lo que estaba leyendo, por lo que me puse de pie y me dirigí a la plataforma. Allí esperé al tren como los otros pasajeros: volteando a ver la pantalla electrónica que indicaba cuantos minutos faltaban para que llegara el tren, y mirando hacia la dirección de donde el tren llegaría, como si al hacerlo pudiéramos mágicamente hacer al tren aparecer. El frío se había intensificado por lo que titiritaba a todo lo que da. Mi aliento, como el de los otros pasajeros, era visible cual humo de cigarro. Cuando el tren finalmente llegó y lo abordamos mis lentes se empañaron. Fue un alivio sentir el calor de la calefacción.

En el tren traté de continuar mi lectura, pero después de un rato me sentí adormilado, aunque no pude dormir: estaba demasiado adormilado para seguir leyendo, pero no lo suficiente para dormirme. Me puse a mirar entonces el paisaje a través de la ventana. Como ya estaba oscuro solo se alcanzaban a ver las luces de casas, edificios y postes de luz. El reflejo de lo que había al interior del tren hacía a las ventanas parecer más espejos que ventanas. Aún así era entretenido tratar de adivinar las formas detrás de esos reflejos. A veces me imaginaba que íbamos en un túnel o viajando a través de la nada y por eso no se veía “nada” por la ventana. Después de un rato me puse a leer de nuevo el libro solo para dejarlo minutos más tarde. Así pasé el viaje: medio leyendo sobre animales y filosofía política, y observando la ventana. Unos minutos antes de arrivar a la estación Victoria en Londres -mi destino final en ese tren- me llamó por teléfono Thomas, el amigo italiano que me recibiría en su casa para pasar la noche antes de volar hacia Boston.

Thomas me dijo que aún estaba en el “Strand”, en el centro de Londres, y que por lo tal sería mejor que lo esperara en Victoria: si me hubiera ido directamente a su casa probablemente hubiera llegado antes que él. Al salir de la estación de trenes busqué un café para esperar a Thomas. Después de dar varias vueltas y de no encontrar un cafecito local y amigable me fui a sentar a un Starbucks. Me pedí un chocolate caliente y un brownie. Luego me acerqué a la barra frente a la ventana, y encontré dos asientos libres, uno junto al otro, incómodamente entre dos parejas. La de la izquierda un inglés con una mujer que tenía un acento como de Europa del este; la de la derecha unos orientales, probablemente japoneses. Me senté al lado de la de la izquierda. Me comí el brownie dándole tragos al chocolate caliente de vez en vez. Cuando el brownie estuvo terminado continúe mi lectura. Poco después llegó Thomas.

Nos saludamos como los grandes amigos que llevan años sin verse, en vez de como los conocidos que éramos. Salimos del café y buscamos una máquina en la que pudiéramos recargar nuestras “Oyster cards”. Encontramos una en la estación del metro pero había demasiada gente en la fila por lo que decidimos ir a una tienda. Ya con nuestras tarjetas recargadas buscamos el autobús que teníamos que tomar. Nos tardamos un rato porque Thomas nunca había tomado el camión a su casa desde Victoria. Finalmente llegamos a la parada apropiada y esperamos. Unos minutos después ya estábamos a bordo del autobús, sentados hasta enfrente del segundo piso.

En el trayecto, que duró casi dos horas, Thomas me contó acerca de su carrera: el como Oxford no lo aceptó en un principio y por eso terminó en King’s College; como después Oxford sí lo aceptó para la maestría pero no le ofreció suficiente dinero, por lo que de nuevo terminó en King’s College; el como espera poder hacer su doctorado en Oxford -si le ofrecen suficiente dinero, claro está-. También me contó de como su pasatiempo favorito es leer manuscritos antiguos en la biblioteca central de Londres, y también platicar con un amigo suyo de India. Me contó que está tomando clases de urdu y de portugués, idioma este último que es básico para sus estudios sobre la India ya que mucha de la literatura de la India conquistada fue escrita por misioneros y sacerdotes portugueses. También me contó de su reciente viaje a India, el cual realizó para hacer investigación en los archivos de una iglesia, archivos que estaban completamente desordenados en gran contraste con aquellos de la “British Library”.

Cuando conversábamos sobre que ruta tomaría la mañana siguiente para llegar al aeropuerto un joven sentado al lado nuestro nos dijo que él nos podría ayudar: había trabajado para el metro de Londres. Nos dio varios consejos, aunque en realidad me pareció que más que nada quería presumir su conocimiento sobre el metro de Londres. Conocimiento que si impactante, resultó de poca ayuda puesto que yo ya tenía mi ruta bien diseñada, además de que estaba algo cansado por el viaje como para ponerle atención. El tipo también nos contó que es músico, y nos pidió que visitáramos su Facebook y diéramos clic en “me gusta”. En algún momento de su intervención que no recuerdo, el joven también mencionó que iba en la misma escuela que el hijo del alcalde de Londres. Thomas opinaría más tarde que de seguro el tipo era rico.

Una de las cosas que con más pasión me contó Thomas en el autobús fue un desconocido episodio de la historia India, que según él, representa tal vez el error más grande que tal nación pudo haber cometido: la vez en que los moguls habían tomado Bombay, y que los ingleses tuvieron que suplicar para no ser expulsados por completo del territorio indio. Tan apasionadamente contó la anécdota que en algún momento otra pasajera le pidió que guardara silencio. Esto fue, tal vez, porque Thomas estaba hablando muy fuerte, o porque en esa parte específica de la anécdota imitaba el acento indio con gran precisión.

Finalmente llegamos a nuestra parada. Thomas me dijo que lo acompañara a la tienda de la gasolinera para comprar algo para desayunar la mañana siguiente. Desafortunadamente la tienda estaba cerrada, aunque las luces encendidas sugerían lo contrario al transeúnte. De ahí tuvimos que caminar unos diez minutos para llegar a su casa. Cuando finalmente llegamos a su casa me presentó a su compañero de piso, un mexicano de nombre Mauricio que estudia un doctorado en filosofía de la mente, y que nos preparó un coctel con tequila, jugo de naranja y una cosa roja que no supe que fue. Después del trago yo ya quería irme a dormir, pero aún tuve que esperar a que Thomas hablara con su novia Manat por Skype, que me contará aún más cosas sobre historia India, y que buscara por horas en internet la mejor forma de llegar al aeropuerto. Al final de cuentas la ruta que yo ya tenía planeada fue la buena.

CONTINUARÁ…

Estas fechas invernales

Hace una o dos navidades decidí escribir un pequeño texto para compartir con mi familia. El mensaje que quería darles era que, dado el clima de violencia que ha vivido México en los últimos años, se vuelve aún más imperativo el evitar ser violentos contra nuestros seres queridos. Me pareció importante expresarles esto porque, como nos sucedió a mi hermana y a mí cuando pequeños, y como creo les sigue sucediendo aún a mis primos, a veces a los padres se les pasa la mano con los insultos y las palabras altisonantes.

El texto estuvo bastante cursi, por lo que cuando mi tío, horas más tarde, hizo mofa de mi mensaje no me sentí tan ofendido. Creo que también tuvo que ver que, de alguna forma, el texto lo escribí un poco con la pretensión de mostrarme como en un estado mental más elevado que aquel de mis parientes, como conocedor de una verdad superior. Pensé que al compartir mis pensamientos mis parientes se iban a sentir tocados y cambiarían su comportamiento en una forma radical. Este no fue el caso.

En retrospectiva me doy cuenta de que tal vez he perdido mi capacidad de influenciar a mis parientes, o quizá nunca la tuve (exceptuando a mi familia nuclear). Creo que esto es completamente natural ya que he pasado los últimos cuatro, casi cinco años, estudiando en el extranjero, regresando a México únicamente para las vacaciones. La comunicación que he mantenido con mis parientes ha sido muy pobre, exceptuando de nuevo a mi familia nuclear, con la que seguido intercambio mensajes, llamadas y videochats. Por otro lado, creo que entre más tiempo paso fuera de México, más difiere mi vida de la de mis parientes: cada vez tenemos menos cosas en común, al menos hablando en términos generales. Por ejemplo, no veo los mismos programas de televisión, no escucho la misma música en el radio y no sigo las mismas modas. Esta situación la he notado con mis amigos también.

Esto de perder contacto con las raíces de uno no es nada nuevo, y no es que no lo haya previsto o no me lo hayan advertido, solo que no me había fijado en la conexión entre el no estar familiarizado con las mismas cosas que mis parientes -y amigos- y la pérdida de poder de influencia que tengo sobre ellos. Esto se puede extender, por supuesto, a no solo mis parientes y mis amigos, pero también a la sociedad en su conjunto: al no estar inmerso en el contexto mexicano me pierdo de muchas cosas importantes limitando mi grado de influencia potencial sobre otras personas. El mantenerme al tanto de las noticias a través del internet ayuda un poco, pero hay cosas que no se pueden obtener de esa manera: no se puede realmente saber que tan feas se ponen ahora las estaciones de metro más transitadas durante horas pico, que tan extremo está el tráfico en las arterias principales, o de que tan mala calidad está el aire en la ciudad. Esas son cosas que se tienen que vivir para conocerlas.

Me da un gran gusto saber que en cuestión de días estaré de regreso en la tierra que me vio nacer, este contaminada, violenta, corrupta, jodida o completamente ‘en el hoyo’. Sé que no estaré allá por mucho tiempo (menos de un mes), pero eso no importa tanto porque podré convivir con mis familiares, tanto a los que sí puedo influenciar como a los que no puedo converser de dejarles de llamar pendejos a sus hijos cada vez que cometen algún error. También espero con ansias ver a mis amigos, tanto los que dicen ‘eso está bien chulo’ cuando algo les gusta como los que escuchan y tocan música que no me gusta tanto como me solía gustar en la secundaria.

Quizá escriba otro texto para mis familiares, y tal vez de nuevo mis palabras les entren por un oído y les salgo por el otro, pero no importa, yo seguiré intentando.